Autoestima definitiva

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Desde niños nos impulsa una curiosidad innata, esa misma curiosidad nos lleva a aprender, ese aprendizaje nos capacita, es decir, nos hace capaces y esa capacitación nos conduce a alcanzar ciertas metas. Nuestras primeras metas quizás hayan sido aprender a caminar, por ejemplo… lo que sucede es que cuando somos niños nada nos limita ante nuestro objetivo. El niño no se rinde, intenta mil veces ponerse de pie, trastabilla, se cae. Nada de eso lo detiene. Lo intentará hasta que lo logre ¿por qué? Porque el cerebro del niño no está capacitado para entender que no puede.

Nuestra autoestima se fue formando desde nuestra infancia. Es esa imagen mental que tenemos acerca de nosotros mismos, de cómo lucimos, para qué somos buenos y cuán buenos somos. Todo esto da como resultado una imagen mental que fue la devolución que nuestro entorno nos fue otorgando, además de nuestras propias creencias acerca de ello.

Estos factores contribuyeron a elaborar nuestra autoestima, es decir la estimación que hacemos de nosotros mismos.

Nuestra imagen propia, muchas veces se torna en nuestro peor enemigo, el principal causante de nuestros desaciertos. Al evaluar esa autoimagen, que en gran medida va a depender del valor, cariño y aceptación que recibamos de los demás y de nosotros mismos, podemos reconocer dos aspectos:

Cómo nos ve y nos trata nuestro entorno.

Cómo nos vemos y nos tratamos a nosotros mismos.

Sucede que muchas veces, una voz suele modelar a la otra. Si desde niños oímos valoraciones negativas en cuanto a nuestra persona, es posible que se acople esta valoración a nuestra propia voz, a nuestra autovaloración. Nos hacemos eco de palabras que forman frases devastadoras para nuestra autoestima, las repetimos una y otra vez fijándolas en nuestro sistema nervioso hasta el punto en que llegamos a creer en ellas como en verdades absolutas. Y luego de eso, siquiera la razón nos hace abandonarlas.

Cuando emitimos juicios sobre nosotros mismos –que por lo general son arbitrarios e injustificados– tenemos que tener la misma energía para rebatirlos como si alguien nos estuviera haciendo esa crítica. Existen varias formas de rebatir:

Cambiar la afirmación por una pregunta.

“Soy un idiota”→ ¿realmente soy un idiota solo porque algo no me salió del todo bien?

“Siempre arruino todo”→ ¿Siempre arruino todo?

Desviar el ataque.

“Soy un perdedor”→ seguramente hay gente menos capacitada que yo y no por eso se suicidan.

Generalizar.

“Todo me sale mal”→ todos cometemos errores en algún momento.

Atacar con la misma fuerza.

“Siempre fracasas”→ Si siempre fracasara estaría muerto hace mucho tiempo.

A veces nos vemos como perdedores de manera universal y permanente y no somos capaces de refutar esa afirmación. A menudo, cuando una adversidad tiene varias causas de por qué se produjo, nosotros tendemos a tomar la causa más perjudicial, la más insidiosa, la menos salvable. Es decir que si algo nos fue mal, vamos a asimilar que no podemos solucionarlo y que siempre va a ser así. 46 \lsdlocked0